Rápidamente, casi sin poderlo ver,
bajó del techo una sombra que, poco a poco nos permitió distinguirla.
Era una
persona de pequeña estatura, no tendría más de 10 años, y estaba cubierto por
completo por una túnica y un gorro, que estaba tan encasquetado que solo nos
permitía ver los ojos brillantes de aquel chico. En su mano portaba una especie
de rosario que colgaba desde sus dedos y en la otra, un libro cerrado.
El chico abrió su libro y empezó a
realizar unos signos con las manos, como si estuviese formando círculos con sus
propias manos. Ante nuestro asombro, de sus dedos empezaron a salir unas llamas
de colores muy vivos, que lanzó contra la puerta, provocando un estallido tan
fuerte que, los trozos de puerta, quedaron chamuscados y convertidos en ceniza,
al mismo tiempo que la armadura quedó desmontada.
-Soy un exorcista- Dijo el chico
mientras volvió a salir corriendo y cuando casi se esfumó, dije alto y claro:
-El fuego es provocado por la purificación de las almas que habían en esta sala.
Dicho esto, debo irme, ya nos encontraremos en otra ocasión- Y se camufló con
la oscuridad de la sala.